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Entre potreros y travesuras: así fue nuestra infancia

08 de septiembre 2017

Nuestra infancia pasó hace mucho tiempo. Mucho, mucho tiempo. Pero hay recuerdos, olores, momentos y hasta comida que nos lleva en un viaje directo al pasado.

Nuestra infancia fue muy diferente a la que tienen los niños de hoy en día. Hay algunas cosas que vivimos durante la niñez, que no cambiaríamos por nada del mundo. Porque nos hicieron felices, formaron nuestro carácter y nos permitieron convertirnos en lo que ahora somos.

 
infancia rayuela
 

Necesitábamos muy poco para ser felices

Un pedazo de mecate o hasta los cables de colgar la ropa se convertían en una suiza….hasta que la dueña se diera cuenta y nos quitara el juguete. Y si no había suiza, jugábamos “quedó”, casita, jackses o rayuela.

 

Pasamos la infancia almorzando en un potrero

Los paseos de fin de semana eran agarrar el almuerzo que nos íbamos a comer en la casa, empacarlo y disfrutarlo en un potrero. Suena simple; pero la aventura de estar en propiedad privada, hace que cualquier arroz con pollo sepa mil veces más rico. Doble puntaje si olvidaban los vasos y tocaba improvisar con hojas grandes moldeadas en forma de cono.

 

Comimos frutas directamente del árbol

¿Quién no recuerda subirse a un árbol para comerse todas las frutas de una sola sentada? Un árbol cargado de guayabas maduras, cases, jocotes, mangos o mandarinas se convertía en el manjar más apetecido. Algunas veces, el exceso de frutas nos pasaba la factura y llegaba el dolor de estómago, seguido de una buena pega, la sobada respectiva y mucho llanto.

 

No tuvimos una infancia frente al televisor

El momento más bonito del día era llegar a la casa, tirar el bulto, el uniforme y salir corriendo a jugar en el patio. El tiempo se nos iba volando mientras inventábamos historias o jugábamos a ser ladrones y policías.

 

Las mamás hablaban en “ca”(y nosotros entendíamos todo)

Al inicio era raro. Nos parecía un lenguaje confuso, pero seamos sinceros: tardamos poco en entender lo que decían los adultos camuflado en “ca”. Eso nos dejó cosas buenas y malas: saber lo que hablaban los grandes para que no nos enteráramos y hasta llegamos a descubrir qué nos iba a traer el “Niño Dios” en Navidad.

 

Aprendimos a nadar en una poza

La única clase de natación que conocimos fue cuando nos tiraron a la poza sin avisar. Y lo mejor es que funcionó: muchos aprendimos a nadar (aunque sea de perrito) porque no teníamos otra opción.

 

Nos corrigieron a punto de chilillo

Cualquier berrinche, duda o actitud de adolescente malcriado se nos pasaba con sólo ver a nuestra mamá levantar la mano para alcanzar el chilillo o quitarse una chancleta. En ocasiones, el ademán no era necesario porque los ojos decían “le voy a dar una juetiada” .

 

Cualquier lugar era bueno para jugar bola

Un pedazo de calle con 4 piedras como marcos, se transformaba en el mejor estadio del mundo. Cualquier bola desinflada y un puñado de amigos eran suficiente para armar una buena mejenga que duraba horas y horas, hasta que el dueño de la bola se enojara o alguna mamá gritara “Fulanitooooooo, métase a la casa ya. No me haga contar hasta 3

 

Podíamos jugar hasta las 7 p.m

Teníamos la seguridad de poder jugar hasta tarde sin temor a nada más que los mosquitos. Y para salir a jugar no lo hacíamos solos; sino que convocábamos a todos los chiquillos del barrio.

 

También hacíamos travesuras

Las maldades eran variadas: desde tirarle frutas a los vecinos, piedras a las ventanas (aunque si nos preguntaban: no fuimos nosotros).

O agarrar la ropa tendida de la vecina sólo para ensuciarla y luego echarle la culpa a alguien más. O volver de la escuela pringados de barro, porque se nos ocurrió que era divertido saltar en los charcos.

O cortar las flores favoritas de la mamá, arruinándole el jardín. O recoger los huevos del gallinero y quebrarlos o peor aún, dejar escapar a las gallinas.

O robar leche en polvo y después negar a muerte que nos la comimos, mientras sonreíamos con la boca seca y el bigote pintado de blanco.

Sin duda, recordar es volver a vivir. Deberíamos  darnos el permiso de ser menos adultos, disfrutar de la sencillez de la vida, volver a sorprendernos con la maravilla de ver a una luciérnaga brillar, el canto de un yigüirro, con el olor a tierra mojada o el sabor de una melcocha de sobado.

Juguemos trompo, jackses, rayuela o brinquemos suiza. Andemos descalzos y sin peinar. 

Volvamos a lo simple: a cuando disfrutábamos con poco y éramos felices como nunca. ¡Seamos niños otra vez!

7 comentarios en “Entre potreros y travesuras: así fue nuestra infancia”

  1. Lo mejor de mi infancia fue salir bajo la lluvia y pararnos en las canoas a que nos cayera el chorro y jugar a las escondidas y a la cuerda tiempos aquellos que no volveran porque lastimosamente la tecnologia consume a los niños..

  2. Entre potreros y travesuras… Jugaba con mis vecinos hasta las 10 pm en la calle del barrio, escondido, quemados, y fútbol con una bola vieja.. Qué lindos tiempos!

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